¿CONOCEMOS A NUESTROS POLÍTICOS?

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Jacint Verdaguer i Santaló.

Nacido en Folgueroles el 17 de mayo de 1845, en una familia de campesinos con tradición ilustrada, estudió en el seminario de Vic desde 1856 hasta que se ordenó como sacerdote en 1860. Hasta Vic debían llegar en 1859 la desazón y las expectativas de la restauración de los Juegos Florales y la invitación de Víctor Balaguer que se dirigió a la juventud con la esperanza de encontrar un poeta que diera consistencia a una literatura renaciente ya que:
“Tal vez entre vosotros se oculta el Virgilio del porvenir.” “…quizás entre vosotros se oculta el Virgilio del futuro” , tal como afirmó en su discurso.
Verdaguer era por entonces un joven seminarista que adiestraba en los versos y la poesía, y fue a la sombra de los Juegos Florales, precisamente, que aquel estudiante creció y se proyectó como poeta. Sólo hay que recordar que en 1877, cuando el proceso culminó con la aparición de “La Atlántida”, además de ser recibida con singular entusiasmo en Catalunya, la obra disfrutó de una insólita proyección internacional y se tradujo a una docena de lenguas.
La peripecia biográfica del poeta es de un interés extraordinario, sobre todo por la resonancia del llamado “caso Verdaguer”, pero una presentación como ésta debe referirse a los rasgos más importantes y tratar de definir su esencial aportación literaria. Esto quiere decir que hay que situar a Verdaguer en el centro de una literatura que supo reanimarse a remolque del nuevo impulso del Romanticismo, reafirmada de manera vigorosa con la eclosión de los Juegos Florales y que trató de modernizarse, acercándose a los modelos europeos durante el último tercio del siglo XIX.
Ahora bien, si fue esencial el crecimiento del poeta en el marco de los Juegos Florales, también lo fue que Verdaguer se desempeña como sacerdote al servicio de una iglesia que retomó el vuelo a partir de la Restauración borbónica de 1874 y después de la larga crisis vivida en los primeros dos tercios de aquel siglo.
Desde una óptica, a caballo de la historia y la leyenda, “Canigó” es el poema que canta los orígenes de la patria con la tesis de que Catalunya nace en el momento en que puede hacerlo cristianamente.
Para terminar de definir la personalidad del poeta hay que apuntar brevemente a la dificultad de una biografía espinosa y saber que aún hoy se mantienen abiertos algunos interrogantes del último tramo de su vida, con actuaciones delicadas y episodios oscuros como la práctica de exorcismos, su endeudamiento económico, la influencia de la familia Duran, la salida de la casa del marqués de Comillas, el confinamiento en la Gleva, la rebeldía contra el obispo Morgades, la suspensión a divinis … Todo unido ha hecho que menudo y aún hoy se hable de Verdaguer con recelo y reticencias.
También que se le haya levantado a la condición de un clásico indiscutible, pero desconocido aún por el alcance y la dimensión real de su obra.
El “Atlántida” y “Canigó” representan el horizonte épico de Verdaguer. En el primer caso, la apuesta apuntaba a la creación de un gran poema que diera sentido, dignidad y coherencia a una literatura que renacía. Se esforzó durante muchos años y, de hecho, la versión definitiva del poema fue resultado de un largo proceso de metamorfosis iniciado en 1865 con el poema en prosa “Colón”, que trataba de la hazaña del descubridor de América.
De este poema eligió una parte que le gustaba especialmente, la de la “Atlántida hundida”, y la trabajó de nuevo hasta componer una pieza nueva: la “España naciente”, presentada en los Juegos Florales de 1868 y donde no pudo obtener el eco que esperaba. Diez años más tarde, sin embargo, y después de la experiencia del poeta como capellán de barco en la Compañía Transatlántica, la gran composición alcanzó su forma definitiva; “La Atlántida”, que deslumbró a todo el mundo en los Juegos Florales de 1877.
Desde muy joven, Verdaguer había alternado el sueño épico de “Atlántida” con el doble cultivo de la poesía religiosa y de la patriótica. Poemas como «Los muchachos de Veciana»; «A la muerte de Rafael de Casanova” y “Noche de sangre» confirman un primer ardor patriótico de raíz romántica que, años más tarde, había que concretar en el volumen “Patria” (1888). En este volumen, junto a textos patrióticos de pasión juvenil, figuran poemas como «Don Santiago en San Jerónimo»; «El Pino de las Tres Ramas»; «Oda a Barcelona» y «La Palmera de Junqueres» donde el poeta restaura a un tiempo su visión de la catalanidad y de la cristiandad. La culminación de esta restauración de tipo providencial (la patria entendida como posesión de un paisaje por derecho divino), llegó a su plenitud con “Canigó”, la obra más ambiciosa, personal y representativa del poeta donde se cantan los orígenes legendarios de Catalunya y su nacimiento como patria cristiana.
Aproximadamente en 1890, incapaz de entender la rápida evolución de la sociedad, Verdaguer entró en una etapa de crisis personal, de desasosiego interior y de descontento consigo mismo. Se dedica al ejercicio de la caridad más allá de la prudencia y las prácticas espirituales que no eran bien vistas por la jerarquía.
Además se carga de deudas y entra en relación con la familia Duran. Todo ello desemboca en el conflicto virulento que conocemos como «la tragedia de Verdaguer» y que convulsionó la sociedad catalana de finales de siglo.
Verdaguer murió el 10 de junio de 1902 en «Villa Joana”, una magnífica residencia de veraneo levantada entre los bosques de Vallvidrera.
Tenía cincuenta y siete años recién cumplidos y su despedida fue de una sórdida tristeza, rodeado siempre por la mezquindad de unos intereses familiares que lo amargaron, junto al mismo lecho, en los últimos suspiros de vida de uno de los autores más geniales de la literatura catalana de todos los tiempos.
Que Verdaguer muriera en «Villa Joana» se debe al ofrecimiento de la finca por parte de su propietario, Ramón Miralles, vecino de Sarriá, cuando empezó a correr por Barcelona la noticia de la enfermedad grave que padecía Mossèn Cinto. Y si los males pulmonares del poeta pedían aires de montaña, «Villa Juana» se presentaba como un paraje ideal por su privilegiada situación en medio de la naturaleza.
La enfermedad, sin embargo, ya había progresado mucho y los saludables bosques de Vallvidrera no fueron el remedio eficaz que esperaba. Todo Cataluña lloró la muerte de Verdaguer y su entierro se recuerda como una de las manifestaciones de duelo más multitudinarias de su historia. Tal vez no podía ser de otra manera si tenemos en cuenta que Jacinto Verdaguer, referencia fundamental de la literatura catalana del siglo XIX y uno de los escritores más importantes de toda nuestra literatura, fue también el artífice del catalán moderno y el creador literario que dio el impulso que se necesitaba para hacer resurgir la lengua de las cenizas y aproximarla a los mejores tiempos del esplendor medieval y renacentista. Hay que tener en cuenta, además, que los nueve últimos años de su vida tuvo que pasar muchas estrecheces: primero en el ojo del huracán de la tormenta biográfica de su drama, del que salió viejo, cansado y enfermo y después malviviendo en los últimos años con muchas penurias y necesidades económicas.
Todavía hay un último punto para comentar, el de la literatura de viajes. Verdaguer tuvo siempre la afición de viajar y mucho interés por conocer mundo. Su situación privilegiada como capellán privado de la familia López, marqueses de Comillas, de la que se decía si era la primera fortuna en la España de la época, le dio la oportunidad de viajar por tierras occitanas y de Castilla también de ir a Roma, de poder participar en un crucero por las costas del norte de África, de hacer un viaje por el centro y norte de Europa y de realizar su gran sueño de visitar Tierra Santa. Estas experiencias florecieron en espléndidas notas de viaje que recogió en sus volúmenes Excursiones y viajes y Dietario de un peregrino a Tierra Santa, modelos, ambos, de una prosa vigorosa, ágil y fluida que Josep Pla situaba entre la mejor que nunca se hubiera escrito en catalán.