AVATARES DE LA HISTORIA.

AVATARES DE LA HISTORIA.
La asamblea de Córdoba de 1919 continuó la senda del regionalismo reformista abanderado por Blas Infante. La ciudad acogió en marzo un cónclave que discutió el Manifiesto andalucista del 1 de Enero, en el que se reclamaba un marco político que estructurase la realidad nacional andaluza. Una nacionalidad, decían, que nace de la historia, pero también del futuro: “Una común necesidad invita a todos sus hijos a luchar juntos por su común redención”.
Se trata, además, de un andalucismo al que dotan de contenido más allá del sentimiento, con la cuestión agraria como espina dorsal. “Supuso un avance cualitativo en los planteamientos del andalucismo histórico, que se vio refrendado con la elaboración de un programa de acción sobre el programa de la tierra y la cuestión social”, explica Manuel Morales Muñoz en la Enciclopedia General de Andalucía.
En la línea de la moción que presentara un años antes el Centro Andaluz de Sevilla ante el Ayuntamiento hispalense, la asamblea acordó reclamar al poder central nacional una reforma de la Constitución en sentido autonómico, que no privase a la región de su identidad y su presencia, en igualdad de condiciones con otras autonomías como Cataluña.
Así, decían, Andalucía debía poder constituirse en una Democracia autónoma con poder legislativo, ejecutivo y judicial siguiendo las líneas que marcaba la Constitución de Antequera de 1883. “No se rechazo por extemporánea esta petición, arguyendo que no está Andalucía capacitada para usar su libertad”, advertían, “este es el argumento que se usaba para defender la permanencia de la esclavitud individual”. El primer paso era crear una asamblea constituyente de municipios andaluces en la que participasen representantes elegidos por sufragio directo. Era la hora de renovar todas las estructuras de un Estado anticuado y tirano, desde la Hacienda Pública hasta el sistema educativo.
“Declarémonos separatistas de este Estado”.
Era la hora de recuperar una identidad propia se la dominación centralista negaba. La propuesta de Córdoba estaba fuertemente marcada por la convicción de que la comunidad estaba sometida y había que romper esas cadenas.
“Andalucía no es un pueblo de locos y de imbéciles incapacitados.

Su incapacidad no es más que el yugo caciquil a la que la oligarquía de Madrid la somete”. Una tiranía económica, decían, que no tenía comparación y que había provocado que el pueblo olvidase “la esperanza de su libertad”.
Ese ansia por conseguir la autonomía no se puede separar del impulso por modernizar Andalucía. La nueva autoridad autonómica deberá servir para solucionar el problema del hambre y ponía el sistema agrario en la base del cambio: había que pasar de jornaleros a labradores y acabar con el latifundismo. Así, apostaban por municipalizar el valor social del suelo y la socialización de todas las actividades, aunque no cerraban la puerta a la actividad privada. En paralelo, el manifiesto ofrecía una defensa cerrada de servicios básicos como la sanidad, la educación o la justicia y apuesta por fomentar la participación ciudadana: proponían “la obligación general de todo Ayuntamiento andaluz de discutir los asuntos importantes del municipio en lugares como plaza pública, con turnos de intervención y discusión”.
Sin embargo, los intentos de Infante no calaron en exceso ante los andaluces.
Tras la experiencia de Córdoba, las ideas independentistas no volverían a resurgir con fuerza hasta la II República. “Tras esta radicalización, el movimiento pareció tocar techo”, explica Manuel Morales, letargo al que contribuyó decisivamente la dictadura de Primo de Rivera.