CATALONIA IS NOT SPAIN.

 

CATALONIA IS NOT SPAIN

Algunos de mis amigos recordarán que hace poco más de un año publiqué un libro titulado “Temps d‘angoixes”, en el que trataba de reconstruir rigurosamente el proceso de la Guerra de Secesión que llevó a Catalunya al exterminio como Nación después del 11 de septiembre de 1714.

Por eso no he querido insistir más sobre el tema, pero he encontrado un documento increíble (“esferidor”) que pone los “pelos de punta” y puede herir fácilmente la sensibilidad de cualquiera de nosotros, por la claridad como se explican los hechos de un par de días de guerra, narrados por un autor cronista francés, quien reconoce a pesar de todo, que “No se ha visto en este siglo semejante sitio, más obstinado y cruel”.

Es un poco largo pero, verdaderamente extraordinario y muy doloroso por su prepotencia, caciquismo, torpeza y sobre todo ignorancia .

Dice asi:

“El nuevo dominio de Inglaterra, que daba al Rey no pocos recelos, aunque el rey Jorge había significado mantendría religiosamente la paz, y el estar desembarazado de la guerra, hizo se aplicase con el mayor vigor el sitio de Barcelona a la cual bombeaba incesantemente el duque de Populi; los rebeldes de la provincia corrían la campaña, más los nuestros contra ellos.

Habían salido en varios destacamentos el conde de Fienes, don Feliciano Bracamonte, el marqués de Caylus, don Diego González y don Jerónimo de Solís y Gante; éste los había derrotado en Alcober, Bracamonte en la plana de Vich, don José Vallejo en la Conca, hecho prisionero un cabo de ellos, llamado Marogas.

A 15 de mayo se levantó trinchera contra la ciudad; batía la artillería al convento de los capuchinos, bien fortificado, y hacía no poco fuego el baluarte de San Pedro; tomóse el convento, y en él cuatrocientos catalanes.

Con esto se adelantó la trinchera a la muralla; parte del pueblo se salió a la orilla del mar, y se puso entre la ciudad y Monjuí para salvarse de las bombas.

Las naves del Rey, que corrían a la ribera, los obligaron con la artillería a retirarse dentro de los muros.

A treinta de mayo se puso una batería contra el convento de Jesús, que también estaba fortificado, y contra el bastión de la puerta que llaman del Ángel. En este estado llegó el duque de Berwick con veinte mil franceses. Retiróse a la corte el duque de Populi, bien recibido del Rey, que le honró con el Toisón de Oro. Las cosas estaban en estado que no pudo el duque de Berwick adelantar mucho, y a 13 de julio hicieron los sitiados una salida por dos partes; los de la puerta del Mar asaltaron las trincheras por un lado; los otros por la frente.

Todos eran cuatro mil infantes y trescientos caballos. Querían destruir una nueva paralela que se había levantado, y se trabó sangriento combate. Empezaba ya a romper la línea, pero acudió el mismo Berwick con más gente, y fueron rechazados con igual pérdida de una y otra parte. Sesenta piezas batían el baluarte que mira al Oriente, que tenía ya la brecha abierta. Con la azada se adelantó el foso de la última paralela, para que abrazase aquellos ángulos de los baluartes de Santa Clara y Puerta Nueva, y se puso otra batería contra el mismo camino encubierto.

A 30 de agosto se dio el asalto; tan vigorosamente se defendían los sitiados sobre ésta, que era la piedra fundamental de su seguridad, que fue una de las acciones más vivas que hubo en esta guerra. Al fin le ocuparon los franceses y españoles.

Aquí demostró no vulgar esfuerzo don José Delitala, sardo, teniente de granaderos, que acometiendo el primero con los suyos adelantó mucho el asalto, y muriendo en él su capitán, sostuvo el lugar toda la noche, ceñido de peligros. En premio de su valor se le dio luego aquella compaña.

Por donde amenazaba el asalto, minaron el terreno los sitiados; dio esta noticia un desertor, y le contraminaron los españoles.

Acometieron al baluarte de Santa Clara, donde fue bien dura la disputa; alojáronse los franceses no muy bien, porque fueron rechazados con pérdida de mil hombres. El duque de Berwick mandó minar este baluarte; aplicóse fuego a la mina; volaron lo de él y la puerta Nueva.

Dispusiéronse tres asaltos; antes avisó a la ciudad el duque de Berwick, compadecido de la ruina que les amenazaba. Estaban endurecidos los ánimos, y lo avigoraban con sus persuasiones los eclesiásticos y frailes. Los cabos de rebeldes, Dalmao y Villarroel, determinaron morir por la libertad de la patria; decían, aunque tenían tantos brechas abiertas, que era inevitable su desgracia, sitiados por mar y por tierra. Hasta las mujeres tomaron las armas para defender sus propias casas; aún después de una respuesta insolente, no precipitosa, sino lenta, la ira del duque de Berwick difería el asalto por compasión aun de los suyos, porque había de costar gran sangre.

Al fin, al amanecer del día 11 de septiembre se dio general. Cincuenta compañías de granaderos empezaron la tremenda obra; por tres partes seguían cuarenta batallones y seiscientos dragones desmontados; los franceses asaltaron al bastión de Levante, que estaba enfrente; los españoles, por los lados de Santa Clara y Puerta Nueva.

La defensa fue más obstinada y feroz. Tenían armadas las brechas de artillería, cargadas de bala menuda, que hizo gran estrago. No fueron rechazados los que asaltaron, pero morían en el fatal lindar, sin vencer, hasta que, entrando siempre gente fresca, aflojó precisamente la fuerza de los sitiados, menores en número. Todos a un tiempo montaron la brecha, españoles y franceses; el valor con que lo ejecutaron no cabe en la ponderación. Más padecieron los franceses, porque atacaron lo más difícil; plantaron el estandarte del rey Felipe sus tropas en el baluarte de Santa Clara y Puerta Nueva; ya estaban los franceses dentro de la ciudad, pero entonces empezaba la guerra, porque habían hecho tantas retiradas los sitiados, que cada palmo de tierra costaba muchas vidas.

La mayor dificultad era desencadenar las vigas y llenar los fosos, porque no tenían prontos los materiales, y de las tropas de las casas se impedía el trabajo. Todo se vencía a fuerza de sacrificada gente, que con el ardor de la pelea ya no daba cuartel, ni le pedían los catalanes, sufriendo intrépidamente la muerte.

Fueron éstos rechazados hasta la plaza Mayor; creían los sitiadores haber vencido, y empezaron a saquear desordenados.

Aprovecháronse de esta ocasión los rebeldes, y los acometieron con tal fuerza, que los hicieron retirar hasta la brecha. Los hubieran echado de ella si los oficiales no hubieran resistido. Empezóse otra vez el combate, más sangriento, porque estaban unos y otros rabiosos. Los españoles, que por los lados poseían gran parte de la ciudad, viendo, habían retrocedido los franceses, también ellos se retiraron a la brecha; todos empezaban nueva acción.

Cargados los catalanes de esforzada muchedumbre de tropas, iban perdiendo terreno. Los españoles cogieron la artillería que tenían plantada en ha esquinas de las calles, y la dirigieron contra ellos. Esto los desalentó mucho, y ver que el duque de Berwick, que a todo estaba presente, mandó poner en la gran brecha artillería.

Desordenáronse los defensores, pero mantenían la guerra; parecióles a los españoles que la acabarían felizmente, tomando el baluarte de San Pedro, que incesantemente disparaba, y a pecho descubierto le acometieron. Ninguno de los jefes dio esta orden, pero ya empeñados y encendidos, con la gran cantidad de gente que perdían, determinaron perficionar la obra a espada en mano; al fin, a costa de mucha sangre vencieron. Ocupado el baluarte, convirtieron las piezas contra los rebeldes; otros los acababan, divididos en partidas.

Villarroel y el cabo de los Conselleres de la ciudad juntaron los suyos y acometieron a los franceses, que se iban adelantando ordenados; ambos quedaron gravemente heridos. Entonces desmayaron los defensores, pero en todas las partes de la ciudad se mantuvo la guerra por doce continuas horas, porque todo el pueblo peleaba.

No se ha visto en este siglo semejante sitio, más obstinado y cruel. Las mujeres se retiraron a los conventos. Vencida la plebe, la tenían los vencedores arrinconada; no se defendían ya ni pedían cuartel: morían a manos del furor de los franceses. Prohibió este rigor Berwick, porque algunos hombres principales, que se habían retirado a la casa del magistrado de la ciudad, pusieron bandera blanca. El duque mandó suspender las armas manteniendo en el lugar las tropas, y admitió el coloquio.

En este tiempo salió una voz (se ignora de quién) que decía en tono imperioso: Mata y quema. Soltó el ímpetu de su ira el ejército, y manaron las calles sangre, hasta que con indignación lo atajó el duque. Anocheció en esto, y cubrió la ciudad de mayor horror; porque, aun durando la pequeña tregua, de las troneras de las casas disparaban sin ser vistos los catalanes. Los que fueron a hablar a Berwick, sobre la misma brecha, mostraron la insolencia mayor, porque pidieron perdón general y restitución de privilegios. El duque moderó con una falsa risa su ira, y dijo que si no se entregaban antes del amanecer los pasaría a todos a cuchillo. Esta respuesta inflamó los ánimos, y se volvió a la guerra, más perniciosa para los vencedores, porque de todas las casas llovían llamas, y había prohibido el duque aplicarlas a los edificios: en ellos se habían los rebeldes encerrado.

No parecía pueblo, pero todos disparaban, aunque con objeto incierto, no siempre en vano. La noche fue de las más horribles que se pueden ponderar, ni es fácil describir tan diferentes modos con que se ejercitaba el furor y la rabia. Mandó el duque sacar de la ciudad los muertos y retirar los heridos; y a las tropas, que estuviesen en orden hasta la aurora y que se previniesen los incendiarios.

Amaneció, y aunque la perfidia de los rebeldes irritaba la compasión, nunca la tuvo mayor hombre alguno, ni más paciencia que Berwick. Dio seis horas más de tiempo; fenecidas, mandó quemar, prohibiendo el saqueo; la llama avisó de su último peligro a los rebeldes. Pusieron otra vez bandera blanca; mandóse suspender el incendio; vinieron los diputados de la ciudad a entregarla al Rey, sin pacto alguno. El duque ofreció sólo las vidas si le entregaban a Monjuí y a Cardona; ejecutóse luego.

Dio orden el magistrado a los dos gobernadores de rendir las dos fortalezas; a ocupar la de Cardona fue el conde de Montemar, y así, en una misma hora, se rindieron Barcelona, Cardona y Monjuí. Hasta aquí no había ofrecido más que las vidas Berwick; ahora ofreció las haciendas si luego disponían se entregase Mallorca. Esto no estaba en las manos de los de Barcelona, a la cual se la quitaron sus privilegios y se la pusieron regidores, como en Castilla, arreglando a estas leyes todo el gobierno.

En esto paró la soberbia pertinaz de los catalanes, su infidelidad y traición. El Rey mandó quemar sus estandartes, envió veinte de los principales cabos a varias prisiones de España; entre ellos Villarroel, el general Armengol, el marqués del Peral y el hermano del coronel Nabot, porque no había capitulado el duque de Berwick la libertad, sino la vida.

No faltó quien aconsejase al Rey asolar la ciudad y plantar en medio una columna.  El Rey se excedió en clemencia, y la conservó, pero abatida. El gobierno de Barcelona se dio al marqués de Lede, y capitán general del principado se quedó el príncipe de Sterclaes.

Berwick pasó a la corte, y fue recibido con el mayor aplauso y estimación del Rey.

Diose el Toisón de Oro a su hijo primogénito, conde de Timout.

Así descansó por breve tiempo la España.”