CÓRDOBA.

CÓRDOBA

El alba viste las montañas de una palidez azulada.
El ancho prado desciende suavemente, hacia las murallas, que otrora, dominaba las aguas tranquilas y profundas del río Grande.
Sueño constantemente con aquella imagen.
Sueño con los palmares de Al-Rusafah, que mi mente se niega a recordar cuando estoy despierto.
Como el viento que se desliza bajo las alas del viento.
Sueño con los senderos floridos de Mashtta, que jamás conocí, donde la arena roza la arena de la duna cobriza, en un oasis de luz pálida, por donde brota la fuente virginal de agua pura.
Se me aparece, en la lejanía, como un palacio, cubierto de altos muros de piedra rosada.
Sueño con jardines ahítos de las fragancias más delicadas, de los colores más variados, levantados para satisfacer el placer de los sentidos, de los gustos más exigentes.
Y con callejas llenas de una luz ocre y de paredes enlucidas de un blancor inmaculado.
Se me aparecen plazuelas escondidas en furtivos rincones, en callejas sin huida, limpias, llenas de flores que cuelgan por todas partes.
Fuentes de agua cristalina, flotando en ellas, hasta taparlas, nenúfares, hojas, y geranios junto a las petunias, naranjos, azahares y sobre todo el perfume inconfundible de los jazmines.

Córdoba fue la cuidad más grande y bella de todo el mundo y no existe ningún hombre que pueda permanecer insensible ante tal belleza, ni siquiera aquel que no desea poseerla.

Yo nací en aquella antiquísima ciudad. Justamente a orillas de la muralla oeste, apenas a cincuenta metros de la Puerta de Almodóvar o Puerta del Nogal (Báb Al-Chawz) de origen árabe. Se modificó en el siglo XIV, más o menos como la podemos ver hoy día, aunque por desgracia, ahora hará poco más o menos cien años, el maravilloso arco apuntado que desarrollaba una bóveda de gran altura también fue cegada por la actual puerta adintelada.