EBOLA.

ÉBOLA

Parece como si durante estos días hablar de esta nueva maldición divina sea aprovecharse de las noticias para que tus seguidores te lean más.
Días atrás ya publiqué mi opinión sobre la falta de atención que la comunidad internacional ha tenido con este tema que se viene denunciando desde hace años por voluntarios y ONG desplazadas por aquellas zonas. Era cuestión de tiempo que nos llegara. Exactamente igual que ocurrió hace siglos con la peste negra.
También comenté que lo que deberíamos hacer es tomarnos en serio la ayuda sin límites hacia esos países lejanos.
Pero aquí cada uno va a la suya.
No quiero ser pesimista, per el otro día leyendo –como siempre- encontré no me pregunteN donde, un testimonio, para mi impresionante, sobre la que se nos está viniendo encima.
Ángela Hewlett, doctora en medicina del Hospital de Omaha en Nebraska relata de una forma homérica su estado anímico mientras esperaba la llegada de un contagiado de ébola.
Dice: “Mientras me preparaba mentalmente para la llegada de Rick Sacra, contagiado de ébola, contemplaba cómo podía cambiar mi vida en las próximas semanas. Pensaba cómo mi marido y mis hijos iban a verse afectados, y cómo otras familias en nuestra comunidad iban a reaccionar. ¿Harían sus compañeros de clase comentarios malos? ¿Podría ir al súper sin ser criticada por haber traído el ébola a Omaha? Me senté con los niños y lo discutimos con palabras que pudieran entender. Si alguien les decía algo poco agradable sobre lo que yo hacía, debían contestar con orgullo: “Mi mami es médico y cuida a enfermos”. Les di más abrazos y besos cuando les puse a dormir, sin saber qué podría ocurrir al día siguiente.
Es un trabajo admirable, pero distinto al que otros colegas hacen en Liberia.
A mediodía del día de su llegada, sufría. Dentro del equipo de protección, solo después de 30 minutos en el pabellón, la máscara estaba húmeda. “Es como si te presionaran hacia abajo, como si te ahogaran”. Las gafas se llenaban de vaho. Sudaba tanto -las temperaturas superan a menudo los 32 grados dentro- que se sentía nadar dentro del traje. Di agua al pacientes y le limpié durante dos horas. “Más de cuanto debería haberlo hecho, pero era un ser humano”. Después le rociaran con lejía la ropa y se la quitaron. Le costaba respirar…”
Mientras tanto la comunidad internacional, al parecer comandada por el todopoderoso Obama ha organizado una videoconferencia, excluyendo eso sí al altísimo Rajoy –en qué estaría pensando Obama- a los líderes de EEUU, Alemania, Reino Unido, Francia e Italia, para estudiar de qué forma se podía evitar que la “peste negra” del siglo XXI, que en África ya ha matado a 4.000 personas se extienda por el resto del planeta.
Pero la decisión del presidente de EEUU le ha dejado con las ganas de explicar su plan al bienaventurado Rajoy quien ha sabido como nadie controlar la situación. Sobre todo, claro está, gracias a es ministra sin parangón que es responsable de la parcela sanitaria.
Repito, que Dios nos coja confesados.