EL COÑO DE LA BERNARDA

Historia de “El Coño de la Bernarda”

El título de este más sainete que otra cosa pretende llevar al lector a un profundo reflexión, sobre nuestra España, nuestros políticos, nuestra situación.. es sencillamente la historia de una castiza expresión tan conocida, como usada y que he recogido de las tierras granadinas de las Alpujarras.
Una expresión que sin duda vuelve a estar en boca de una gran parte de los españoles como puede ser, -entre centenares de ellas- : “Esto no tiene remedio”, “Somos un país de gitanos”, “Ese montón de pringosos trajinan a troche i moche”, “Cría cuervos y te sacarán los ojos”, “Los mismos perros con distintos collares”, “Las cuentas son cuentas aunque no aparezca un duro”, “Ningún perro lamiendo engorda”…
Sin embargo “el coño de la Bernarda” tiene una profunda raíz bienaventurada, por lo que forma parte de una gran consanguineidad de gran parte de los políticos de todas las tierras de España.
Sus personajes, repito que de auténtico sainete, son básicamente la Bernarda (poseedora del tesoro deseado), su Coño (el tesoro), Artefa (España) don Aurelio del Alto Otero, conde de Artefa (el capital), don Higinio Torregrosa (la iglesia), Manolito el Tonto (el pueblo), don Pedro Castro Vaca y Quiñones (las fuerzas vivas del poder), la Inquisición (el poder). Todo ello, tengánlo claro, forma parte de mi “parturienta imaginación.”
He de reconocer que pese a ser una que nace en las Alpujarras que tanto estudié, la desconocía totalmente, de ahí que, tras su gozoso descubrimiento, la comparta con vosotros.
Al parecer, una mujer, de nombre BERNARDA, de la que se decía que era hija natural del rey musulmán Aben Humeya, y nacida en torno a mediados del siglo XVI, en Artefa, pequeño pueblo de aquella sierra, era una reconocida santera. La delicada situación política la obligaba a ir a caballo de las religiones entre moros y cristianos. Entre ambas religiones, recorría las calles del pueblo armada con sus tablillas de oraciones, mezcla de versículos coránicos y cristianos (quizás la única depositaria de los famosos Libros Plúmbeos del Sacromonte).
También era la sacristana de la pequeña ermita en la que los artesanos guardaban y veneraban la imagen reverendísima del Señor del Zapato.
La fama, como hemos dicho, le venía de santera, pues lo mismo enderezaba la pata torcida de un cordero, como remediaba las más diversas dolencias, como dirigía los rezos en ausencia del cura… por lo que era, ciertamente, mujer conocida y querida entre sus vecinos.
Una buena noche la mujer fue sorprendida por unos toques en la puerta de la pequeña ermita, en la que de común solía habitar. Asustada abrió la puerta y vio que, embozado en su capa, no sabiendo muy bien si por el frío, o por salvaguardar su intimidad, se encontraba Don Aurelio del Alto Otero, a la sazón segundo Conde de Artefa, que venía, pese a lo alto de la madrugada, a solicitar su consejo, ya que, según él, había tenido un sueño que le tenía profundamente alterado:
“…Tuvo una visión en la que vida los graneros del pueblo todos vacíos, y secos, con homnes e mulleres famélicos, que ploraban lagrimas a sus puertas y nadie podía façer nada… de repente, en medio de todos eles, aparecíase el Conde mesmo, lamentándose por la suerte de las gentes de su pueblo, y sin poder façer nada, alzaba los ollos al cielo esperando una respuesta, aparecióse entonces la figura, que él creyera de San Isidro Labrador, y una voz en el cielo que decía desta manera: San Isidro Labrador, quita lo seco y devuélvele la verdor…”
Sorprendióse la buena mujer con el relato del Conde y contóle que ella había tenido otro sueño parecido, una noche en el que se acostó apesadumbrada por haber dedicado su vida a los demás, no haberse casado y no haber tenido hijos, pues, según ella: “No es buena la mujer de cuyo higo non salen fillos”, pero que en ese momento, apareciósele, de semejante manera, en su habitación, la figura de San Isidro que metiéndole la mano en la raja, de donde gustóse tanto la santa mujer que creyera entender por fin el significado de la expresión “tener mano de santo” y al punto casi de morir, por el arrobamiento experimentado, creyó ella oír, por boca del santo labriego, la misma expresión: San Isidro, labrador, quita lo seco y le devuelve el verdor…
Tras compartir su sueño con el Conde dijóle que “las cosas del Senyor no son para los ignorantes entendellas, por eso fuera la divina misericordia las que las desentrañase, si plúgole a Dios esa gracia”
El Conde se fue, “más contento que unas pascuas”, pero lo cierto es que, desde su entrevista con Bernarda, las cosechas se sucedieron sin parar y su patrimonio y sus riquezas se “multiplicaron por cien”.
Por eso, el Conde, hombre religioso y devoto donde los hubiera, compartió el secreto de su visita a donde la Bernarda, con el cura del lugar Don Higinio Torregrosa, quien, en la homilía del día siguiente, se dedicó a cantar, desde el púlpito, las alabanzas de Dios que tantos “bienes e menesteres plugóle mandar sobre esta sancta terra nuestra, por mediación de la muy noble, e sancta muller de Bernarda, o más bien, por medio del figo della, o sea, del coño suyo benedito”
Con todo, había un artefaño, conocido como Manolito, el tonto, que se pasó todo el día, en la plaza del pueblo, gritando a voz pelada “que non se creyera lo de la sancta Bernarda, que ninguna muller es sancta por donde mea, así en el infierno arda”.
Indignada Bernarda con estas palabras mandólo traer a su presencia y allí, en la intimidad de la ermita díjole: “Mete tu mano en el coño bendito, a ver si miento, en lo que siento, y sea tu escarmiento” Hízolo así el pobrecito Manolito, que desde entonces, muy de vez en cuando acudía a tocar el milagro escondido, y se hizo el más célebre predicador del figo benedito de su paisana artefaña por toda Las Alpujarras granadina.
Las bendiciones se sucedían sobre el pueblo de Artefa, diciendo las crónicas que: “todos los homnes, e mulleres, de los derredores, allegábanse a casa la Berbarda, a tocar su coño benedito, y por doquiera la abundancia manaba: don Aurelio del Alto Otero, multiplicaba sus pertenencias, las mulleres daban fillos sietemesinos fuertes como cabritillos, y las guarras parían cochinillos a porrillo, las cosechas se multiplicaban y hasta las gallinas empollaban ovos de sete yemas…”
Más Bernarda murió, como corresponde a todo ser mortal, y la enterraron entre gran llanto y duelo de sus gentes, que a partir de ese momento, como maldecidos por la ausencia de la buena mujer, sufrieron en sus carnes todo lo que aquella, quizás en vida evitara: hambruna, abortos en el ganado y las mujeres, cosechas baldías, todo parecía perderse y la vida se malograba en Artefa…
Sin embargo cuenta la leyenda que un buen día que don Aurelio del Alto Otero tuvo una gran idea y de acuerdo con don Higinio la pusieron en práctica:
El párroco, ordenó el traslado del pequeño despojo santo a la parroquia, donde enseguida lo colocaron en un relicario, llamado desde entonces el Coño de la Bernarda y a través de don Aurelio, quien estaba en custodia del relicario.
Tanta fe le tenían al coño de la Bernarda que el propio párroco, y siempre según las crónicas: “Decidió, junto con el Ayuntamiento de la ciudad, elevar el asunto a la disquisiçión de los notables de la Sancta Madre Ecclesia Metropolitana de Granada, solicitando si pluga a ella, la sancta e pronta canonizaçión de la santa Bernarda de Artefa”.
Al parecer, el por aquel entonces Arzobispo de Granada Don Pedro Castro Vaca y Quiñones, más preocupado en vigilar de cerca de los moriscos falsamente convertidos a la “fe verdadera y noble de nostro Senyor IesuChristo”, y alentando a la Inquisición, no estaba mucho por la labor de apoyar una petición de canonizar a una santera nada más conocida en su pueblo, amén de que, como expresivamente decía la misiva, remitida al Ayuntamiento de Artefa: “Dicen los senyores teologos e dominicos desta Ecclesia de Granada que nunca oyóse en toda la christiandad, que el Senyor Papa gobierna, y Christo benedice, que nada bueno saliera del coño de una muller, a no ser el Senyor mesmo IesuChristo, de su Sancta Madre, con todo Virgen, e que por eso la devoçión popular del coño de la Bernarda era cosa perniçiosa que devía ser desterrada, so pena de mandar la inquisición a façer las pesquisas oportunas”
Con tal respuesta, Don Higinio Torregrosa, según siempre las crónicas: “Una noche del 9 de Abril, del año de Nuestro Senyor IesuChristo de 1.609, alumbrado solo por dos candelas, y con el Notario y don Aurelio por unicos testigos dello, colocó el sancto reliquario del coño de la Bernarda, tras un emparedado debaixo de la ventana de la Sacrestía, donde permaneciera hasta que la Ecclesia mudara su razonamiento sobre este singular suceso, y asi la buena Bernarda trajera de nuevo la benediçión sobre el pueblo della”
Y ciertamente no sé si verdad o mentira, esto es lo que se cuenta del célebre coño de la Bernarda, que como pueden ver nada tiene que ver con todo lo que queremos decir sobre nuestra España y sus políticos que sin duda algún están bajo la advocación del sacrosanto coño.