El Maestre Guillem de Montrodón

El Maestre Guillem de Montrodón

Decía así el Gran Rey Jaime I:
No puedo por menos que recordar con bastante obstinación, el tiempo que pasé junto a mi Maestro, Guillem de Montrodón, en Monzón:
Uno de los aspectos que siempre y a lo largo de mi azarosa vida me intrigó, de mi estancia en el castillo de Monzón, fue el no saber realmente lo que hacían los freires y mi Maestre Guillem de Montrodón, en los sótanos o cripta del castillo.
Aunque en alguna ocasión tenía que limpiar y ordenar, por mandato de mi Maestre, recuerdo, cuando mi mente estaba serena de las obligaciones de mi cargo, momentos, a los que entonces no les daba importancia.
No sólo bajaban a la cripta Templarios, sino que, de vez en cuando, también lo hacían musulmanes, árabes y otros que me eran desconocidos.
Yo siempre esperaba a mi Protector Guillem de Montrodón, ya que eran los únicos momentos en que se ausentaba de mí. Y cuando salían, su semblante era relajado y sonriente, incluso tenía ganas de jugar, situación que por mi edad estaba deseando.
Todo esto era subyugante para mí, que estaba destinado a ser el Rey. En muchas ocasiones, busqué mil artimañas, como niño que fui, para colarme en éstas reuniones y de ésta manera saciar mi curiosidad.
Pero me fue harto imposible, así fue que en una de éstas ocasiones, aunque realmente sólo pude oír, la profunda impresión que causó en mi, es algo que nunca logré olvidar. Los dientes me entrechocaban de emoción a un tiempo, al temor de que me descubrieran, escuchaba desde un orificio o respiradero que daba al pasadizo de la cripta, como ellos la llamaban.
Sin poder ver absolutamente nada de lo que hacían, por las voces pude identificar a los que conocía, sin temor a equivocarme.
Un gran silencio se produjo, roto por la voz que mejor entendí y conocía del castillo, rompiendo el silencio con éstas palabras, mi Maestre Guillem de Montrodón dijo:

-“Que la luz de la más Antigua Fe alumbre nuestra reunión, Hermanos”.
Otro contestaba:
-“Que la luz invisible del oculto saber contenido en la Tau que preside nuestro templo, guíe nuestros pasos”.

Al poco, otro respondía:
-“Que la luz del Arquitecto Universal nos alumbre el camino que debemos seguir”.

Un gran silencio volvió a producirse, lo que me indujo a marcharme.
Mi Maestre Guillem de Montrodón, de vez en cuando decía:
-“El Temple es una vía, para que la humanidad obtenga la espiritualidad necesaria a su deseo”.

En otras ocasiones Guillem de Montrodón decía:
-“Será difícil que todos los hombres vivamos bajo un mismo casco o credo, si no tenemos contactos con la divinidad, a través de una armonía consigo mismo y con su entorno”.
No puedo por menos recordar que, en cierta ocasión, algo turbó mi mente infantil.
Saliendo a todo correr en su búsqueda, cuando extenuado y llorando de temor le expliqué, me dijo recriminándome, al tiempo que con un soberbio bofetón me llevó en volandas hasta un reposadero:
-“Un Rey no debe tener miedo a nada físico, y menos aún, a lo que no se ve”.

Me tomó de la mano y me hizo otra observación:

-“Nosotros, el Temple y yo Guillem de Montrodón, hemos sido encomendados de prepararos, es preferible que llores ahora, a que de Rey, puedas lamentarte de que no lo hiciera. En este castillo, vuestra alma se curtirá para sufrir el rigor de la lucha”.