EL ORO DE RANDE

EL ORO DE RANDE.

Desde hace unos pocos días la noticia del galeón español San José hundido frente a las costa bolivianas y cargado de infinitas riquezas ha sido la noticia mas espectacular de las redes sociales, al considerar que fue este el más rico galeón hundido por los ingleses.
Sin embargo la historia mezclada como siempre con las leyendas dicen que no fue éste sino los galeones, cargados de oro, que se hundieron (o que hundieron) en las rías de Vigo en la batalla de Rande el 23 de octubre de 1702.
Los galeones españoles cargados con el mayor envío que se conocía de tesoros procedentes de América.
El 15 de octubre de 1702 entró en la ría de Vigo el cargamento más rico venido de América desde el descubrimiento. Diecinueve galeones españoles, escoltados por veintitrés barcos de guerra franceses, portaban ciento ocho millones de piezas de plata, oro y otras mercancías preciosas destinadas a costear la Guerra de Sucesión en favor de Felipe V. Retrasos burocráticos permitieron la llegada de una flota de piratas anglo-holandeses que, tras feroz batalla, se llevaron unos cuarenta millones de piezas. El resto permanece, hoy, en el fondo de la ría viguesa.
Una serie de infortunios llevó a la llamada la Flota de Oro a dar con sus astillados huesos en el fondo de la ría de Vigo. La rígida burocracia, la guerra, los piratas y una profunda indecisión propiciaron que los muchos tesoros acumulados durante siglos por aztecas e incas no alcanzaran nunca su destino y quedaran repartidos entre corsarios ingleses y holandeses, mercenarios franceses y, sobre todo, el fango marino de la ría viguesa. El que puede considerarse como el más grande tesoro de la historia sólo es propiedad de los peces y nebuloso horizonte de los muchos aventureros que han buscado oro en estas aguas.

Los galeones eran “barcos pesados y relativamente muy capaces (desplazaban unas mil toneladas), dotados, incluso los de comercio, de grandes castillos a proa y a popa. Estas ingentes masas que pesaban sobre sus dos extremos les restaban buena parte de sus facultades marinas, pues el balanceo de los castillos y la resistencia que ofrecían al viento eran otros tantos estorbos para desafiar el tiempo. Pero la excelencia de los galeones no se medía por su rapidez, sino por la seguridad que brindan a los navegantes. Los enormes castillos que agobiaban a esas naves obedecía simplemente a una necesidad militar que era la más urgente y atendible. Como los galeones usaban la táctica del abordaje para combatir entre sí, lo más importante era que el enemigo, al querer acercarse, tuviese que asaltar un verdadero castillo flotante. Y no cabía hacer distinción entre los galeones de guerra y los pacíficos de comercio, porque en sus tiempos el mar estaba infestado de merodeadores y piratas que obligaban a precaverse aún a los más inofensivos”.
Tanto que, según un cronista de la época, “regresan con dos o tres millones de escudos de oro, veinte millones de escudos de plata, doscientos mil escudos en perlas, trescientos mil en esmeraldas, treinta mil en amatistas, lana de vicuña por valor de cincuenta mil escudos, la misma suma en madera de Campeche y doscientos sesenta mil escudos en cueros”.
Además, hay que decir que “la caja de los galeones era siempre diez veces superior a la que mencionaban los registros”, pues, no en vano, almirantes, generales, oficiales y administrativos adquirían su cargo pagando elevadas cifras a la Corona, a cambio de lo que ganarían. De hecho, un almirante pagaba hasta cien mil escudos y los demás en sucesiva proporción.
Mientras las dos flotas de Indias esperaban tiempos propicios para regresar, en España había estallado la Guerra de Sucesión, al acceder a la corona española el duque Felipe de Anjou, proclamado Felipe V, tras la muerte sin sucesión, el 1 de noviembre de 1700, de Carlos II el Hechizado, el último Austria. Con ello, el delicado equilibrio de poder existente en Europa se rompió y, unidas Francia y España por el de Anjou, se aliaron Inglaterra, Holanda y Alemania.
El 21 de octubre, la escuadra enemiga apareció al sur de las Cíes y, el 22, entre una leve niebla, ocupó posiciones de combate: delante, diez navíos holandeses, quince ingleses y todos los brulotes, mandados por el almirante sir George Hopson, cuya enseña ondeaba en el Torbay. Entró en la ría por la orilla norte, lejos del alcance de los cañones de tierra y dobló la guía sin responder a los disparos. Llegó a la estacada y arrió diecisiete chalupas con infantes de Marina para romperla, pero las baterías de Corbeiro y de Rande hundieron dos y les hicieron huir. Por la tarde, Hopson, en consejo de guerra con sus oficiales, encargó al duque de Ormond y sus soldados-marinos destruir los dos fuertes.
Los españoles se defendieron una larga hora, pero, en el último asalto, el capitán Sorel cayó al rechazar a un grupo de granaderos. Superado en número, el almirante Chacón tuvo que rendirse. En la otra orilla, el regimiento de Churchill avanzó sin problemas hasta el fuerte de Corbeiro, en cuya torre, un centenar de españoles aguantó más de una hora, hasta que fue tomada.
Las líneas francesas se rompieron dos horas después y Chateau-Renault ordenó hundir los barcos para impedir que cayeran en manos enemigas. El propio vicealmirante francés hundió su barco, huyendo en una chalupa con su tripulación, aunque todos no pudieron cumplir la orden y algunos encallaron. Los ingleses Montmouth, Mary, Kent y Dordretch fueron los primeros en alcanzar los ricos galeones de la Flota de Oro. Entonces, Manuel de Velasco, desesperado, decidió quemar los navíos. Con los galeones hundiéndose, muchos soldados de ambas partes murieron por salvar algún botín.
Los holandeses, antes de irse, incendiaron Le Bourbon y los galeones que no podían navegar. Shovel permaneció otros diez días más con veintisiete naves, cuatro buques hospitales y las naves presas, españolas y francesas, que se habían arreglado. Desmanteló el fuerte de Rande, requisando cañones de los barcos y baterías de tierra, y canjeó prisioneros en Bayona. Se fue el 5 de noviembre, pero, al pasar al sur de las Cíes, el Santo Cristo de Maracaibo, El más rico de los galeones hecho prisionero, tocó un escollo y se hundió.
Dice Xose Ramon Texeiro que “Hay un tejido de leyendas oscuras sobre este tema. Desde mi punto de vista, el mito sobre el tesoro es precioso pero las investigaciones al respecto nos llevan fracaso de esta teoría. El príncipe de Barbanzón, capitán general de Galicia por aquel entonces, dirigió una expedición en la que mil carros de bueyes -venidos desde Pontevedra- partieron hacia Madrid. Incluso en el acta del Cabildo de Lugo, puede comprobarse cómo se asignó una cantidad de dinero para acoger estos carros en Lugo. Seguramente, la plata viajaría en los bueyes.”