EL PREFERIDO DE DIOS.

EL PREFERIDO DE DIOS.

José Antonio nos la debes a todos.
El extracto elegido por José Antonio para “hacer boca” (no estoy seguro que esté bien escrito) no puede ser más sugerente.
Tengo la extraña sensación de intuir que es el final de algo, un final increíblemente bien escrito, bien argumentado, bien estructurado, que te obliga a leerlo sea la hora que sea.
Las tentaciones de una hermosa diosa al honesto cruzado, a la figura heroica del caballero, capaz de hacer justicia, vengar la traición y, en definitiva, hacer que el mundo volviese al orden que fija la virtud y el honor.
-¿Desertar-dice él- acaso crees que soy un hombre sin honor?
Y la diosa insiste ante la firmeza de su enamorado, en ese contexto de choque entre virtud ascética y poder terrenal, impulsado en sus ideales por ese espíritu propio de la época, que tiende a dar formas visibles a las realidades espirituales.
-¿Y mi palabra. Mi palabra vale mas que mi vida?. Le argumenta el pobre mortal, cuando ella le acaricia el oído con sus labios.
Y aunque se estremece –así lo siento yo con el relato que estoy leyendo- se aparta hasta un estanque y roza con sus dedos el agua que se rompe en ondas circulares. Él ya sabe que está perdido, pero es un caballero, un caballero francés, un hombre de principios.
-Tu palabra no vale nada para los poderosos– insiste la diosa. Hermosa, Perfecta, Sublime, Sugerente…
El caballero se hunde, sabe que no puede con ella, y su lucha se revuelve contra él mismo. Santo Dios él es leal a su rey a su señor, a su mariscal, él es tan valiente como piadoso, austero y frugal, despreciador de las riquezas y cultivador de la virtud, cortés y celoso de las formas, estrictamente sujeto a un código de honor consuetudinario, defensor impugnador de toda injusticia, amigo del libro y de la espada, deseoso de realizar hazañas memorables, para su propia gloria y la de su emperador.
-La guerra no va a durar siempre. La guerra está perdida- le insiste la diosa.
Si por fuerza se entiende la fuerza bruta, entonces, la mujer es mucho mas débil que el hombre. Pero si por fuerza se entiende el poder de la sutileza, el refinamiento, el ingenio o la astucia entonces la mujer es inmensamente superior.
Pobre Dujat se hunde, se pierde, las dudas lo atenazan. Sabia que las batallas contra las mujeres sí que son las únicas que se ganan huyendo, pero también son un manjar digno de dioses y ella lo era. No podía levantarse y salir huyendo. La atracción por Calamanda es superior a sus razonamientos.
No hay nada como el amor de una mujer casada. Es una cosa de la que ningún marido tiene la menor idea,como su jefe, el mariscal, paseando por el jardín, a los ojos de ambos mientras la bella Calamanda del Rocío, le propone la huida. Un marido, un mariscal con la cabeza hundida entre los hombros huyendo del fracaso de la guerra, de un enfrentamiento de algo mas de cinco años, contra el temperamento, contra el genio de los españoles, especialmente de los gaditanos, donde le aseguran que las tropas francesas nunca lograrán entrar.
Ella lo sabe, porque por algo es Calamanda del Rocío la esposa del mariscal. Y como cualquier otra mujer escucha, atiende lo que oye y manipula con esa información tanto como quiere.
-Las bayonetas pueden vencer a los hombres, pero no al fanatismo- le insiste refiriéndose a Napoleón. El objeto de sus afanes era, someter un país concreto con representación cartográfica, lo que le daba cierta corporeidad. La idea de una España impersonal y divinizada, sin cuerpo tangible y existente sólo en el plano inmaterial de las ideas, revela un tipo de fanatismo llevado a extremos casi patológicos.
Infeliz Dujat ¿cómo iba él a luchar contra aquellos argumentos mezclados con el deseo, el apasionamiento y la excitación que sentía, que le bajaba desde la oreja por todo el cuerpo hasta mas allá de sus ingles?. Su batalla estaba perdida.
-Hemos perdido 300.000 hombres y nuestra Francia está en ruinas (imagino que le insistió en la suave caricia de sus labios).
Los recuerdos de las irracionales acciones de sus ejércitos le vinieron a la mente: Cigarrón, Dulcidilo, Gertrudis quemada por proporcionar aquellos huevos a unos…
-Napoleón –le dice la hermosa Calamanda interrumpiendo sus pensamientos- se equivocó con los españoles. Todo el pueblo está en armas, cientos de miles de personas andan por la sierra dispuestas a degollaros en cualquier cruce de caminos.
-Solo la cultura y el conocimiento pueden vencer al fanatismo –continuó la marquesa-y España necesita tiempo, mucho tiempo para tener eso.
-Entretanto, -siguió susurrándole- los ejércitos del emperador se desangrarán sin gloria ni honor sin haber sometido a los españoles. Más temprano que tarde los franceses tendrán que irse, ¿y qué harás entonces?
Y para acabar de ganarle se aparta de él y posiblemente mirándolo a los ojos le dice:
-Yo te seguiré hasta la muerte, lo sabes, adondequiera que vayas, incluso al fin del mundo, pero podemos nacer de nuevo, como tú dices, en esta tierra, al margen de la guerra… Y ser lo que nunca hemos sido: felices.”

¿Quien puede decirme que no tiene ganas de leer una novela con este estilo, con esta calidad y con este arranque o final?
Yo sí quiero leerla. Toda. Entera. Quiero disfrutar con la novela de José Antonio, y cerrar una etapa de naderías y mediocridades.
José Antonio nos la debes a todos.
Roger Galisteo.