EN LA MELANCOLÍA DEL INVIERNO.

EN LA MELANCOLÍA DEL INVIERNO.

Subiendo hacia las montañas, allí donde se acaba el macizo del Montseny y comienza la cordillera de Les Guilleries, hay un idealizado y pequeño pueblo, sereno, silencioso y soleado, con el que sueña cualquier persona sometida al quehacer diario de una gran ciudad. Está situado en lo alto de una colina, completamente aislado de edificaciones y de acciones antinaturales, luminoso, templado, ventilado. Desde cualquier rincón del pueblo se pueden ver unos paisajes envidiables. Son unos paisajes dominados por unos cielos azules, engalanados por nubes de todo tipo, que dan, desde la amplia perspectiva que se contemplan, la sensación de magnanimidad y de grandeza.
Un tamaño y una profundidad, que te obliga a permanecer a la espera, de que se produzca el infinito milagro, una y otra vez, de poder admirar desde muy lejos, aparecer y desaparecer la tormenta o la calma, mucho rato antes de producirse, venga de donde venga, o se vaya por donde vaya.
Por un lado, la contemplación del Montseny, majestuoso, noble e imponente; por otra, la de los macizos de los Puigsagordi, Collsuspina, Fuente Juana, San Sebastián, Sobremunt …, llenos de acantilados rocosos, que guardan misterios e historias de dominios y de privilegios; de patriotas y de bandoleros.
Al otro lado de la llanura, las montañas de Collsacabra y Puigsacalm, y al fondo, los Pirineos, siempre a la vista, ahora blancos, ahora azules y más tarde grisáceos, debido a las nieblas constantes que produce la intensa humedad valle.
Se llega hasta el centro de aquella villa, a través de una estrecha y enrevesada carretera, que sale desde la autovía principal, muy pocos kilómetros antes de acercarnos a la capital de la comarca. Ya antes de llegar al pueblo, a un lado y al otro de la espinosa carretera, el entorno te rodea de tal manera, que no puedes dejar de sentirte seducido por la apretada vegetación; setos, flores, árboles y matorrales, y de vez en cuando, una casa de esas que sólo salen en las postales y en los folletos dedicados al turismo rural, o en las comarcas que quieren destacar su carácter rústico y campesino. Subiendo hacia el pueblo pasas por delante de un pequeño cementerio rodeado de árboles centenarios, y de un misterioso silencio, sea la hora que sea, pero sobre todo, en los atardeceres en vísperas del otoño, justo cuando las hojas, plantas y setos, cogen ese color ocre inconfundible de aquellas tierras.
Es un ocre sin embargo, que según como lo miras puede convertirse en amarillento, mejor dicho dorado, pero de un oro oscuro y limpio, poco transparente, brillante, llamativo, con toques cinabrios; son pinceladas que siembran el bosque de pródigas tonalidades y de manchas candentes, ahora aquí ahora allá, repartidas caprichosamente sólo en aquella época, cuando la frescura del viento, al cruzar por entre los matorrales y las frondas, nos enrojecen las mejillas, avisándonos de la próxima llegada del invierno.