EN RESPUESTA A JOSE ANTONIO ILLANES.

EN RESPUESTA A JOSE ANTONIO ILLANES.

He decidido contestarte de blog a blog porque me ha parecido que mi “me gusta” a tu escrito “Gobierno de hombre, y no buitres” era demasiado largo.
Las mayores infracciones de las reglas morales, las más profundas y las más perniciosas por más visibles, han sido siempre cometidas por quienes ocupan el pedestal de las estatuas: papas, obispos, emperadores, reyes.
Ellos se han saltado siempre todas las convenciones, leyes, acuerdos, costumbres…
Todas las doctrinas, cristianas o cualquier otra.
No hay nadie que consiga hacerme entender que su comportamiento no se explica sino es por conseguir mayor poder, mayor riqueza, por el afán de acaparar un mayor patrimonio personal y sumar un mayor poder exclusivo. No me canso de repetirlo.
La Historia mas reciente y conocida, no la de antes de ayer; la que nos llega desde los reyes católicos que fueron los creadores de esta España que conocemos: unida fortalecida, confortable, en la que todos somos iguales ante las oportunidades y ante la ley (¡ja!) una España en la que somos libres, emancipados, independientes (¡ja¡) y por supuesto la de sus antecesores y predecesores, todos, han actuado no con la idea que nos han querido injertar en nuestros cerebros, día tras día, en el colegio, en las parroquias, en los magníficos discursos políticos, en los libros y últimamente hasta en la televisión pública, la de adoctrinar a miles, millones de españoles que abrazaban y abrazan ideas y posturas diferentes, que se dan cuenta de lo que se está urdiendo, (con una misma raíz y unas interpretaciones distintas) y no con el afán irrefrenable de atesorar, amasar, acaparar por encima de la mismísima plus valía –pobre Marx-, a través de la manipulación de la historia, de la justicia, de la ley. ¡La ley¡ ese argumento causante de nuestras vacilaciones, de nuestra inseguridad, ese argumento que utilizamos sin saber que también está al servicio del que la puede manosear, que no está hecha para nosotros, sino que está preparada y dispuesta para mantenernos engañados, para hacernos creer que si luchábamos junto a ellos, que si creíamos en ella –en la ley- podríamos conseguir, como ellos, riquezas, poder y bienestar. La más gran mentira, el más grande subterfugio, la mas morrocotuda falsedad inventada para tenernos quietecitos, pasivos e ilusionados.
Por la ley se engaña, se miente, se falsifica, se traiciona e incluso se mata. Es verdad que nos parece que ahora no existen los horrores del exterminio (¿que no existen?) ¡ja¡, una afirmación un tanto gratuita puesto que se utilizan otras prácticas y muy parecidas) puede que no las de las cámaras de gas, o las limpiezas étnicas, que es lo único que parece ahora estremecernos.
Pero hay algo más terrible que estos lamentables progresos en la técnica de matar que nos ha proporcionado el mundo moderno: permanecer inalterables ante la ignorancia de la responsabilidad humana hacia esa esencia del hombre libre que es la de escoger su religión y su derecho a decidir.
Cuando una sociedad llega a convencerse a sí misma de que es dueña absoluta de la verdad, summum ius, corre el peligro de creer que es justa la mayor injusticia de todas, el desconocimiento de la dignidad ajena, summa iniuria.
Este, es sobre todo, junto con la cobardía, el pecado social que cometemos.