FRANCISCO CAMBÓ. LA VERDAD.

FRANCISCO CAMBÓ. LA VERDAD. Fue un mito para muchos en Cataluña, pero había un lado oscuro que emerge ahora, una historia en la que se entremezclan influencias, comisiones y ganancias millonarias, que hoy serían dudosas. Es Francisco de Asís Cambó y Batlle, todavía venerado por el actual nacionalismo catalán.
El creador y conductor de la Lliga regionalista, precedente histórico de lo que hasta ahora mismo ha sido Convergència Democràtica de Catalunya. El hombre prudente y sabio que, en los años 20 del siglo pasado, habría logrado sentar los cimientos de un sistema autonómico basado en el estímulo de la comprensión entre españoles que se reconocieran en la diversa personalidad de sus regiones. El hombre íntegro, lúcido y generoso político que, sobre el separatismo catalán de hace un siglo (él consideraba que eso del separatismo era cosa de gente atrasada y vulgar), decía cosas tan hermosas como: “La libertad es para un pueblo un don supremo, al cual debe sacrificarse todo en última instancia. Pero la libertad no es solo un fin: es también un instrumento, un arma para conseguir un fin. Y este fin es la grandeza en el sentido más amplio y elevado de la palabra. Y, para Cataluña, la libertad necesaria para expandir libremente su personalidad no es imposible dentro de España. Hemos de hacer los esfuerzos precisos para demostrar que el interés de España está en que no lo sea”. El creador, por la misma época, de una consigna célebre. “¿Monarquía? ¿República? ¡Catalunya!” El hombre que ha merecido, de un historiador serio como Fernando García de Cortázar, elogios como este: “Cambó no llamaba al ejercicio de una mutua resignación de uniformadores y separatistas, sino al entusiasmo compartido de quienes habían de propiciar el encuentro de ciudadanos dispuestos a dar forma definitiva a la organización política de la nación”.
Un sabio, además, enamorado del arte y mecenas tanto del Museo del Prado (él donó a la pinacoteca las tres tablas de Il nastaglio degli onesti, de Botticelli, que valen por sí solas un museo) como de lo que hoy es el Museu Nacional d’Art de Catalunya, que exhibe sus mejores joyas gracias a Cambó. Un abogado genial que fue capaz de liberar al bailarín Nijinsky de la tiranía económica, sexual y buitresca del promotor Diaghilev.
Un hombre, pues, destinado a pasar a la historia grande de Cataluña como uno de los precursores de sus glorias. Precursor como lo fueron Macià y Companys, por más que fueran adversarios políticos suyos y acabasen arrinconándolo. Y precursor de otros que vendrían después. Para un hombre destinado a pasar a la historia con tales méritos y prestigios, es un serio inconveniente que le pillen robando a manos llenas. También en esto Francisco Cambó resultó ser un precursor de otros hombres ilustres, pero al menos a él no lo atraparon en vida.

Ha sido ahora cuando uno de los mayores especialistas en la vida y obra del egregio Cambó, el historiador Borja de Riquer i Permanyer (hijo del legendario académico y cervantista Martín de Riquer) ha publicado un libro demoledor, el quinto que dedica a la figura del ilustre prócer: Cambó en Argentina (Edhasa) en el que, después del hallazgo y análisis de numerosísimos documentos hasta ahora ocultos o inéditos, queda claro cuáles eran las otras actividades del prohombre, qué hacía mientras era abnegado y conciliador ministro de Fomento ¡y de Hacienda! en el Gobierno de España, y naturalmente, de dónde había salido su impresionante fortuna personal, que a su muerte –en abril de 1947- se estimaba en lo que hoy serían unos 200 millones de euros. No todo, pero una gran parte de aquel tesoro procedía de un sitio muy poco elegante: los bolsillos de los ciudadanos corrientes de Buenos Aires cada vez que pagaban el terrorífico recibo de la luz.
En el principio fueron los alemanes
A finales del siglo XIX, una de las mayores empresas industriales del mundo, la alemana AEG, desembarcó en Argentina con la propuesta de poner su moderna tecnología al servicio de la producción de energía eléctrica para la zona de Buenos Aires. Salió bien. Las empresas argentinas eran pequeñas y no tardaron en dejar la preponderancia a la Compañía Alemana Transatlántica de Electricidad (CATE), que fue la sociedad que crearon los industriales germanos para tal actividad y que estaba controlada muy mayoritariamente por ellos. Naturalmente, aquellas usinas –argentinismo que usa De Riquer en todo el libro– o centrales eléctricas funcionaban con carbón y estaban ubicadas en la propia ciudad, algo que hoy nos pondría los pelos de punta por lo insalubre pero que entonces era el colmo del progreso.
A la alemana CATE le fue muy bien. El negocio iba viento en popa, se produjo una expansión rápida por toda Latinoamérica y, gracias a holdings multindustriales como el grupo belga-alemán Sociedad Financiera de Transportes y Empresas Industriales (Sofina) se metieron en otros negocios que, en realidad, favorecían el consumo de electricidad, como los tranvías. La CATE llegó a ser la mayor inversión alemana en el extranjero. Daba unos beneficios enormes. Y en 1907 lograron algo muy importante: consiguieron que la Municipalidad de Buenos Aires les otorgase la concesión para producir, vender y distribuir energía eléctrica en todo el término municipal… nada menos que durante los siguientes 50 años. Hasta 1957. Hubo quien alzó una ceja, mosqueado: un contrato de tal envergadura se aprobó a una velocidad de vértigo, en una sola sesión.
Pero ocurrió algo que cabe calificar de cualquier cosa menos de inesperado: un inconveniente llamado Primera Guerra Mundial, que concluyó con el Tratado de Versalles y la imposición a Alemania de unas “reparaciones de guerra” brutales. El Gobierno consideró la posibilidad de incautarse de bienes y empresas con beneficios, y los de la AEG-CATE eran sencillamente suculentos. Los industriales alemanes palidecieron: ¿cómo evitar que les quitasen la gallina de los huevos de oro?
Se les ocurrió algo muy curioso: fingir la venta de la CATE a una empresa de un país neutral. Los alemanes seguirían controlando el negocio pero pondrían al frente, espléndidamente pagados, a prohombres de ese tercer país. La operación fue diseñada por el hombre de negocios belga-norteamericano Dannie Heineman. Y Heineman sabía perfectamente en quién podía y debía confiar. El país neutral elegido fue España y el hombre providencial fue un destacado político y abogado catalán: Francisco de Asís Cambó y Batlle, al que conocía desde quince años antes. Así, la CATE se salvó mediante la asombrosa pirueta de volverse española: se llamaría CHADE (Compañía Hispano-Americana de Electricidad). Cambó se puso a trabajar febrilmente y para “vestir el muñeco” involucró a numerosos bancos españoles (Central, Urquijo, Vizcaya, Barcelona, Arnús-Garí) y a personalidades de mucho peso político y económico en la España de Alfonso XIII, como el marqués de Comillas y el conde de Gamazo. De algo les debía de conocer. Cambó, político regionalista (que no separatista ni mucho menos), había sido ministro de Fomento dos años antes, durante unos meses de 1918, en un Gobierno presidido por Antonio Maura. Relaciones no le faltaban. Influencias, tampoco.
La correspondencia de Cambó empieza a volverse muy sabrosa. En marzo de 1920 escribe desde Berlín a su gran amigo y compañero en la Lliga Regionalista, Juan Ventosa Calvell, que había sido ministro (de Hacienda) un año antes que el propio Cambó. Le dice: “El negocio de la sociedad de Sur de América (sic) puede darse por hecho (…) He reservado para ti una plaza en el Consejo (este año tocarán 40 o 50.000 pesetas a cada consejero) y un paquete de acciones liberadas. Estoy viendo que tú y yo deberíamos venir a menudo. Yo te aseguro que si cierran las Cortes y no nos tenemos que meter en el Gobierno ni tú ni yo, podremos hacer cosas extraordinarias y crearnos una situación internacional de primer orden”. Proféticas palabras. En 1920, 50.000 pesetas era el cuádruple de lo que cobraba un ministro del Rey. Aproximadamente lo que hoy serían 700.000 euros. Y para aparentar que la CHADE era más española que el botijo, en el consejo solo había españoles (el presidente era el anciano marqués de Comillas, Claudio López Bru, y el único vicepresidente era Cambó; pronto llegaría a la presidencia), aunque la estructura económica auténtica de la compañía era un verdadero laberinto internacional.
El río de oro
Para los manejos que estaban a punto de comenzar (o que habían comenzado ya), a los nada escrupulosos empresarios de la CHADE les vino encima un milagro en forma de institución municipal. El Ayuntamiento de Buenos Aires estaba formado por los concejales, que integraban el llamado Concejo Deliberante, y por el intendente; es decir, el alcalde. Pero este no era elegido por los concejales ni por los ciudadanos, sino designado por el presidente de la República. Y tenía derecho de veto sobre las decisiones del Concejo Deliberante.
La CHADE demostró ser no una mina sino un manantial de oro a caño libre. Y el reparto de comisiones, atenciones o tantièmes, como llamaban los alemanes a estas cosas, estaba a la orden del día. Heineman, que no tenía ningún cargo oficial en la CHADE pero que era el factótum, escribía a Cambó: “Respecto al reparto de las comisiones, yo estoy de acuerdo con usted (…) La mitad que corresponde al comité repartida de la forma siguiente: el 50% para usted, Ventosa y yo, y el [otro] 50% a repartir entre todos los miembros del comité, incluidos usted, Ventosa y yo. Estos tres últimos señores podrían dar alguna cosa a Vidal e incluso hacer una parte especial para el presidente del comité”. Estamos hablando de una empresa que tan solo en el año 1921 obtuvo unos beneficios que hoy llegarían a los 197,5 millones de euros. De eso, el 10% (19,7 millones) se iba en atenciones y comisiones. El doble de lo que se destinaba a la reserva de capital para el futuro.
Cambó, en 1927, cobraba un sueldo de 100.000 pesetas al año (1,5 millones de euros actuales) por su trabajo como presidente de la compañía. Pero eso era una bagatela comparado con la comisión del 1,52% sobre los beneficios anuales de la compañía (unos nueve millones de euros) y los dividendos que sacaba de las 20.000 acciones de la compañía que guardaba, en su mayoría, en bancos suizos. En total, más o menos a mediados de los años 30, Cambó ingresaba alrededor de un millón de pesetas al año; es decir, el equivalente a unos 15 millones de euros de hoy. La CHADE era el mejor negocio que se podía imaginar después de la cueva de Alí Babá.
Lo evidente es que ese río de oro no se quedaba en casa; es decir, no se lo llevaban solamente los directivos, que contaban, además, con unos dividendos que con frecuencia pasaban del 15% y con el colosal valor de sus acciones en bolsa (épocas hubo en que los títulos de CHADE llegaron a cotizar en Zurich a más del 700% de su valor nominal). Para que los buenos tiempos no terminasen era necesario destinar una importante partida de presupuestos a sobornos. Como suena.
Se compraba a periódicos y periodistas, como sucedió con El Diario de Buenos Aires, que se quejaba porque otro periódico, La Razón, era untado con mucha más generosidad. Se compraba a funcionarios, políticos y hasta ministros. Y donde hiciera falta. Cualquiera supondría que los estratosféricos beneficios de la CHADE estarían bajo la atenta mirada de fisco, ¿no es verdad? Pues no lo era. Hay un documento confidencial alucinante que reproduce Borja de Riquer en el que se anotan escrupulosamente las cantidades no pagadas a Hacienda por la compañía durante un periodo de 14 años. El informe, que ha aparecido en la documentación de Cambó, está redactado después de 1937 y alude a las “disposiciones especiales” obtenidas por la CHADE para que los Gobiernos, en este caso de España, le “perdonasen” generosísimamente exorbitantes cantidades de impuestos. El papel dice que entre 1924 y 1937 la compañía obtuvo por este concepto un “ahorro” del 65,12% de los impuestos que debía haber pagado; esto es, 85,7 millones de aquellas pesetas. Hoy, unos 1.286 millones de euros. Y se anota con toda tranquilidad el nombre de los “benefactores” de la firma: el general Primo de Rivera; el ministro de Hacienda conservador Julio Wais (ya con la República); el socialista Indalecio Prieto; Antonio Lara Zárate, de Izquierda Republicana; y Rico Avello, de centro. Todos ministros de Hacienda. Cambó, que no logró ser elegido diputado ni en 1931 ni en 1936 (sí en 1933) y que vivía ya su ocaso político, parece que conservaba intactas sus influencias allí donde más falta hacían.
Las denuncias inútiles
En Argentina, donde aún no existía el peronismo pero sí el Partido Radical, el socialista y otras formaciones muy variadas como Concordancia, empezaban a estar más que hartos de pagar unas facturas de la luz sencillamente brutales. Empezaba a ser del dominio público que los costes de producción habían bajado muchísimo gracias a los avances tecnológicos, pero el recibo eléctrico no bajó jamás un céntimo. Como pasa hoy con el petróleo, nadie acertaba a explicar que, cuando el precio del carbón que consumían las usinas por miles de toneladas subía, la factura aumentase instantáneamente; pero cuando el precio del carbón bajaba, no pasaba nada en absoluto. También entonces eso era un misterio. Un misterio que permitía al prohombre Francesc Cambó disfrutar de dos grandes casas y un solar en la Vía Laietana de Barcelona, dos casas en Berlín, otra en Abazzia (costa del Adriático), varias casas en Argentina y en Uruguay (una de ellas llamada Mon Repos), además de extensos terrenos en la Pineda de Gavá-Castelldefels (Barcelona) y al final de la Diagonal barcelonesa. Eso, aparte de su yate Catalonia, a bordo del cual navegaba hasta el Adriático para descansar… y para alejarse de los problemas cuando los veía venir. Que era casi siempre.
Cuando estalló la Guerra Civil española y Cambó se puso inmediatamente del lado de Franco, la CHADE repitió el número de prestidigitación que había hecho cuando terminó la Primera Guerra Mundial: se convirtió rápidamente en la CADE, Compañía Argentina de Electricidad, una empresa ilusoriamente del país; pero los directivos españoles (Cambó el primero) no soltaron ni el timón ni la llave del tesoro. Y cuando, en 1936, el todopoderoso trust eléctrico se empeñó en que la Municipalidad de Buenos Aires le renovase la concesión de la producción de electricidad desde el año 1957 hasta casi hoy mismo (en algunos casos), en Buenos Aires se formó un escándalo mayúsculo, porque ya nadie podía ignorar los abusos. Se reunía el Concejo Deliberante y ocurría que los concejales radicales votaban a favor de la renovación y a cambio de una ridícula reducción de tarifas. Y ganaban las votaciones. Y luego no podían explicar de dónde habían sacado el dinero para comprarse las casas que se compraban.
Y si perdían (llevaba sucediendo años), siempre ocurría que el intendente Mariano de Vedia y Mitre vetaba el resultado, algo que podía hacer por ley, y la compañía sacaba su sabrosísima tajada, y tampoco sabía nadie de dónde sacaba Vedia la plata para vivir como vivía.
La elegancia del maletín
En aquel tremendo enfrentamiento de 1936, que partió en dos el Partido Radical, todos sabían que la CADE había sobornado al líder radical, Marcelo Torcuato Alvear, expresidente de la nación, prometiéndole dinero para su campaña presidencial a cambio de forzar a los concejales de su partido en el Ayuntamiento bonaerense a votar a favor de los intereses de la CADE. Pero es que el propio Alvear se lo soltó a alguien de su partido que le acusaba de haber aceptado el soborno: “¿Quién me va a dar el dinero que necesito para gobernar? ¿Usted?”.
Como anota De Riquer, “la CADE había contado con el apoyo (…) de buena parte de los más destacados políticos del país: desde el presidente [general Agustín Pedro] Justo, los ministros Ortiz y Castillo, el intendente Vedia, hasta el secretario Razoni y buena parte de los concejales radicales y de la Concordancia (e incluso también algunos socialistas). La compañía parecía tener un poder ilimitado a la hora de comprar voluntades en Argentina”. Andando el tiempo, hizo lo mismo con el general populista Juan Domingo Perón.
¿Y cómo se compraban? Por el método más clásico y cinematográfico del mundo. El político o periodista de turno recibía en su casa a un directivo de la CADE; tomaban café, charlaban un rato de esto y de lo otro, se interesaban por la salud de sus respectivas familias, comentaban en tono alarmado el excesivo frío o calor que iba haciendo (aún no se había puesto de moda el cambio climático) y, al final, el enviado de la compañía se iba… y se dejaba olvidado en el salón un maletín lleno de dinero. Más elegante, imposible.
La CADE de Cambó ganó aquella batalla de las concesiones, pero desde entonces, y para muchos años, el término chadista pasó a significar, en el lenguaje popular argentino, coimero, vendido, sobornador o sobornado, venal, corrupto. Hoy diríamos gurtelero o, en atención al lugar de nacencia del prohombre catalán, hablaríamos del tres por ciento.
Francisco de Asís Cambó y Batlle dejó España cuando la prensa franquista empezó a cubrirle de improperios no solo por catalanista sino por ladrón: por haber hurtado al fisco del régimen unas grandes cantidades de divisas que los sublevados necesitaban como aire para respirar. Eso le dijeron a él, que había regalado 10.000 libras esterlinas a los franquistas.
Se fue a vivir a Argentina. Y volvió a presidir la CADE que le había convertido, bajo sus diversos nombres, en una de las primeras fortunas del país.
El precursor del catalanismo actual, aunque muchos independentistas no lo tengan por tal, murió a los 70 años, el 30 de abril de 1947. Ha pasado a la historia como un político moderado, conciliador, clarividente y abnegado; como un gran mecenas del arte y como un espléndido jurista. Hoy sabemos que fue algunas cosas más, en su lado oscuro. Y que la historia no deja de dar vueltas sobre sí misma.