LA CAIDA DE LA GRAN CÓRDOBA.

LA CAIDA DE LA GRAN CÓRDOBA.

El 29 de junio del 1236 Córdoba fue conquistada para la Cristiandad por Fernando III el Santo, se abre un período de dos siglos en los que Córdoba pierde para siempre la hegemonía política de la España musulmana, pero todavía no la pérdida de la hegemonía cultural.
Muy al contrario, fue en la época post-califal, cuando Córdoba, viviendo con dignidad su decadencia política y urbana, aportó a la cultura mundial los dos talentos más preclaros y famosos del saber de entonces: el musulmán Abu-l-Walíd b. Rushd o Averroes y el judío Musa b. Maymún o Maimónides.
Durante los siglos XI y XII, Córdoba fue una taifa más. Cayó en poder de Sevilla en la época del rey poeta Motamid, y desde entonces arrastró una decadencia irremediable, hasta que su último reyezuelo, Ibn Hud, perdió la ciudad a manos de Fernando III.
Tal vez fue otro motivo más para que la conquista de la ciudad de Córdoba, se hunda en el misterio por muchas causas y entre ellas que unos pocos hombres pusieran contra las cuerdas a la joya del califato
Era el año de 1236, cuando una serie de acontecimientos hicieron posible que el antiguo vergel bético pasara definitivamente al rey de Castilla, algunos almogávares y adalides llegados desde Andújar, conocieron a través de algunos moros traidores, la desidia defensiva en la que se encontraba una parte de la villa, la denominada como Axerquía. Es necesario recordar que la fecha que estamos citando es aún muy temprana, pues la mayoría de las ciudades y villas de Andalucía permanecían todavía en manos árabes, y Córdoba era y había sido demasiado fuerte como para proyectar un plan de conquista. Recordemos que Granada no se conquistó hasta 1492, más de 200 años después.
Como tantos otros acontecimientos y hechos históricos, la conquista de la ciudad andalusí de Córdoba se inscribió en la aciaga premonición de la miseria humana, y en los raquíticos sentimientos de su propia condición; así, una vez más fue la pérdida de Córdoba, prenda de al-Ándalus, producto de una doble traición:
1º) La traición de unos descastados y cobardes hermanos andalusíes, cuyo nombre y depravación calla la Historia y
2º), la traición de un renegado cristiano, desterrado por el rey de Castilla, y entrado a consejero principal de Muhammad Aben Hud, a la razón príncipe de al-Ándalus.
En una cerrada y húmeda noche las escalas se lanzaron sobre las deterioradas murallas de esta parte de Córdoba, (la Axerquía), Domingo Muñoz, arengó a los presentes y encomendó su alma a Dios antes de comenzar a escalar. Benito de Baños y otros habían conseguido subir a una torre ataviados a la usanza mora. La guardia estaba adormecida, era inconcebible una empresa de tal dimensión por parte de los cristianos. Benito y Alvar Colodro, por ser profesionales de la frontera se dirigieron en lengua árabe a la guardia que los habían visto, les explicaron que eran jefes de inspección, y con el aturdimiento de aquellos procedieron fulminantemente, sin dilación alguna, en un gesto de fiereza propia de la época, a cercenar las gargantas de los infieles. Algunos árabes consiguieron huir. La escena debió ser grotesca, conmovedora, la sangre apareció por doquier, emanada de las arterias y venas de los tajos dados por los cristianos, caliente plasma que incluso resultaría agradable al entrar en contacto con la fría piel de los atacantes, habida cuenta de la frescor de la noche, y su olor espeso y penetrante enmascararía el fétido hedor de aquella parte de la ciudad donde se acumulaban los pozos ciegos, la basura acumulada de los vecinos, además de las inmundicias del ganado domestico.
Este grupo de fanáticos cristianos, durante toda la noche continuó conquistando varas y varas del adarve de las murallas, hasta llegar a la puerta de Martos, donde habían quedado con Pedro Tafur para abrirle la puerta al resto de la tropa y a los caballos. Los cordobeses que se habían refugiado temerosos en la otra parte principal de la ciudad, la Medina, comenzaron a organizar la defensa, y los atacantes solicitaron urgentemente refuerzos, mandando emisarios al rey Fernando III que se encontraba en Benavente. El monarca quedo perplejo ante la misiva que le entregó el jinete, ¿cómo podía ser posible que el sueño de sus antepasados, y el suyo propio, se pudiera estar cumpliendo?
En tan solo 12 días, a caballo, marchó con sus ejércitos a la anhelada Córdoba, algunos corceles sufrieron los avatares de tan veloz viaje, pero la gesta bien lo merecía. Cuando llegó a la ciudad decidió cortar el abastecimiento que tenían los árabes a través del puente antiguo. Pasó el río con sus tropas por el puente de Alcolea, para acampar en la entrada del puente Mayor. El emir cordobés intento que le ayudasen desde otras ciudades limítrofes pero la trama desarrollada por Lorenzo Suárez, un mercenario cristiano que estaba en las filas musulmanas por desavenencias con el rey, gracias a su ingenio aparento que las tropas que formaban el asedio de Córdoba eran muy numerosas cuando en realidad no lo eran.
Ante esta situación se desmoronó todo intento de ayuda.
Unos meses después, tras muchas confabulaciones, la ciudad capitulaba. Mientras los cordobeses huían abatidos de hambre a catervas, su príncipe Abu Hassan entregó al rey castellano las llaves de la ciudad. Fernando ordeno que la enseña de la cruz precediese a la real y que fueran puestas en la muy alta torre de la Mezquita, para goce de la cristiandad y desconsuelo del Islam.
Así fue como el solar de Córdoba cambio de propietario. A partir de aquel momento la mayoría de los participantes en el asalto adquirieron prebendas y privilegios que transmitieron a sus descendientes, quienes formarían auténticas dinastías que, en muchos casos, aun perduran y con la que se ha perpetuado la moderna nobleza andaluza.
La Gran Córdoba había caído.