LEYENDAS GALLEGAS. EL URCO.

LEYENDAS GALLEGAS.

EL URCO.

El Urco era un animal fantástico, especie de can negro, de grandes proporciones, con cuernos y orejas grandes, cuya presencia cerca de alguien era presagio de mal agüero. Según la mitología popular habitaba en las orillas del río Lérez, en un paraje tenebroso llamado en gallego ”borrón”. La leyenda del Urco dio origen en la celebración de las fiestas del Entroido (Carnaval) en honor del fatídico monstruo. En Asturias existía también la creencia del Urco, ya que el mitólogo asturiano Cabal decía:” en tiempos antiguos se debió llamar herco todo lo que llegaba a nosotros como aviso de la tumba. Huerco la sombra del futuro muerto, el ataúd en que se metía; huerco, el perro que aullaba por la noche… y huerco, todo animal agorero de igual significado”. Se trata de un animal fantástico que suele adoptar la forma de un enorme perro negro o blanco con cuernos y orejas largas que sale del mar arrastrando cadenas. Su presencia, como la de muchas otras figuras fantásticas parecidas, es considerada un mal augurio, anunciador de la muerte. En Pontevedra, la leyenda del Urco se incluyó entre las celebraciones del Entroido (carnaval gallego). A partir de 1876, se comenzó a honrarse a este monstruo, bajo la forma de un enorme y feroz perro capaz de tragarse de un solo mordisco veinte sacos de calderilla con la misma facilidad con que un burro se traga dos granos de cebada. Según cuenta la mitología gallega, este animal habitaría en Borrón, un lugar lleno de niebla y tenebroso perteneciente al Alén, de ahí la comparación que algunas veces se hace entre él y el Cerbero, guardián del Tártaro. El Urco es un animal difícil de ver, y mucho menos en los tiempos actuales, en los que las aldeas van quedando vacías y la gente se amontona en las ciudades. Pero aseguran que el Urco todavía existe, y en la actualidad vive en las orillas de ríos y cerca del mar, siempre buscando lugares escondidos entre las rocas y desde donde poder lanzar un ataque prácticamente sin ser vistos. Su presencia sólo es delatada por lo inconfundible de su aullido. Un aullido fuerte y lastimoso que al ser escuchado, hiela la sangre y estremece el cuerpo de la más valiente y osada persona, contagiándola de un ataque de pavor sin precedentes, como si le atravesasen el pecho con un cuchillo de enormes dimensiones.. Dicen que el aullido del Urco está relacionado con el presagio de un mal muy próximo, y de algún modo debe de ser así, pues siempre que el lamentoso aullido fue escuchado en alguna ciudad o pueblo, pronto ocurrió una desgracia en la zona, alguna o varias personas murieron sin saberse ni cómo ni por qué, pues aparentemente el suceso no tenia explicación posible… En un antiguo relato gallego, se cuenta la descripción que un viejo pescador hacia de un encuentro casual con un Urco. “El Urco tiene una boca de labios muy gruesos que forman, como en las lampreas, una especie de tubo que succiona la sangre con fuerza” preguntado el viejo pescador si se refería a algo similar al ataque de un vampiro, este dijo, “No, no se trata de eso, el Urco te absorbe el alma…” “Yo pienso que el Urco es un demonio del infierno que chupa las almas. ¿Usted sabe que hay personas envidiosas y ruines que fingen ser amigos de uno, y andan hablando mal de nosotros a nuestras espaldas y nos hacen todo el mal que pueden? Pues a esos es a los que el Urco les absorbe el alma. Como si no se entiende que algunas personas como yo hubiésemos salido indemnes tras estar en su presencia” Lo que sí es cierto, es que la mitología gallega está llena de leyendas que hablan de los Urcos, de sus ataque a rebaños enteros de ganado, de ataque a niños pequeños que jugaban tranquilamente en las puertas de sus casas o a orillas de los ríos, ataque en los cuales se llevan a los niños gracias al gran tamaño y fuerza física de lo canes. Pero sobre todo, los Urcos se relacionan con la muerte y con el aviso premonitorio de que una gran desgracia está próxima de aquellos que escuchen su apenado y penetrante aullido. “Xose Castro de Filgueira, apodado Peito Cheo, dice que lo vio una vez que fue al mar por arena de madrugada para que nadie se diese cuenta: -Tenía garras largas y afiladas, y los dientes parecían navajas afiladas en plata pura. Debía tener mucha fuerza en el rabo porque, ante mis propios ojos, tiró al mar un peñasco del acantilado. -¿Y usted no tuvo miedo ? -¿Miedo ? No me cabía un alfiler por el culo. No obstante, lo más probable es que Urco sea un perro. El minero de Angra Escura, que asegura trabajar en una mina de oro con secretos corredores y lagunas o charcas en las que abunda, desmenuzado en polvo y pequeñas pepitas, el metal dorado (de ahí algunos hacen derivar el nombre de Baladouro), dijo que él oía todas las noches de tormenta por las galerías de la mina un chirriar de cadenas y unos ladridos de perro rabioso. -A mí me parece que es el Urco. -¿Y no sientes terror viviendo en el interior de la mina ? -le preguntaron en la taberna. -Estoy tan acostumbrado que más que darme miedo, me da pena el pobre perro. Urco aparece sólo de noche y prefiere las noches cerradas, con aguacero, aunque hay quien afirma que cuando el cielo está estrellado o hay luna también anda de peregrinación. Anuncia muerte o desgracia. Ante la casa que se detiene, es raro que al amanecer no haya llanto, queja o maldiciones por tanto infortunio de repente : esa noche se murió el patriarca, tuvo un accidente mortal la hermana mayor o apareció sin voz y ciego el niño más pequeño de la casa. Lo que le ocurrió a Sebastián Gandumo, que vivía en el centro mismo de Baladouro, está recogido por varios autores como uno de los hechos más significativos acerca del mito de este animal. ¿Que quiénes son esos autores? Vicente Risco, José Cornide, Taboada Chivite, José Miranda y el propio Airas Padín, en sus memorias Odiseas de un marino que nunca fumó en pipa. Incluso la inolvidable Alba Fontán en las notas inconclusas de su Diario, que también tituló en su ordenador portátil poco antes de suicidarse Vida y muerte de las ballenas, habla de una gallina que procede del mar y trae calamidades a tierra. Sebastián Gandumo estaba de aniversario ese día con toda su familia. Él se acostó más pronto que nadie, rejuvenecido y contento. Apenas había logrado dar la primera cabezada cuando oyó unos ladridos suaves, lastimeros, que procedían del jardín. Pensó en todos sus perros de caza, tenía más de una docena y todos de nombre conocido (Amancio, Lourizán, Améndoa, Fidel, Roldán, Candonga, Esmorisiño…, y así, hasta completar un equipo de fútbol con sus cinco o seis suplentes reglamentarios), y no prestó demasiada atención. Los ladridos, que no cesaban, golpeaban en sus oídos como un lamento insoportable. Se levantó, se asomó a la ventana a ver qué ocurría abajo y vio a Urco erguido sobre unos leños. Cerró al instante y gritó : -Urco, el perro del infierno. Llamó a gritos a su familia, que continuaba de parranda y celebración, y subió su esposa y una de las nueras de Santa Mariña de Lañas. -¡Urco, el perro del infierno ! -gritó el anciano. Ninguna de las dos mujeres le dio demasiada importancia ni a sus palabras ni al gesto de horror de su cara. Pensaron que sería un delirio o una pesadilla tras la copiosa cena. Le dijo su nuera : -Duerma, padre. Será que algo le ha sentado mal. Ha bebido mucho y ha comido más. Sebastián Gandumo insistió y las dos mujeres miraron por la ventana, pero no había perro alguno sobre los leños ni el muro de zarzas del camino. -Echaba fuego por la boca -alcanzó a decir el patriarca. Al otro día, estaba muerto. En su rostro quedaba impreso un gesto de pánico : el rictus del espanto. Nadie se atrevía a abrir las ventanas ni las puertas ni salir a deambular cuando caía la noche. Hasta los amores secretos fueron más diurnos que nunca. Los perros desaparecieron de Baladouro durante algunos años. Era el animal prohibido. La primera en quebrar este hábito fue Munia, la meiga, aficionada a los paseos nocturnos. Sostenía que había visto varias veces al demonio dormido entre las zarzas. También aseguraba que se había encontrado con Urco en solitario en el bosque de Hervedíns, cuando volvía a su casa. -Válganme todos los diablos -dijo-. Ni siquiera el mismo diablo huele tan mal. Antes de que amanezca o cante el gallo, Urco desanda los caminos enfangados, anda que te desanda sendas y atajos, y regresa al mar. Camina un momento por la playa, deja un rastro de pisadas y se zambulle en el agua sin mirar atrás. Los perros del pueblo lo miran desde la orilla, y vuelve cada uno a su caseta por ocultas veredas que nadie conoce.”