NO HAY TU TÍA. La attutíyya.

NO HAY TU TÍA.
La attutíyya.

La vida nos depara muchas veces sorpresas que no esperábamos. A veces son buenas, la mayoría no tan buenas y unas cuantas que no sabes si son buenas, malas, regulares o universales.
Digo lo de universales porque en mi parturienta mente se me aúnan sobresaltos sobre cuestiones y personajes que tenía por superados (los hechos) y por asumidos (los personajes).
Cuando digo asumidos me refiero a que han entrado en las razones de mi propia existencia, han conseguido irrumpir con benevolencia en mi conciencia y han conquistado parte de mi corazón con sus argumentos, instalándose en mi bondadosa cordura hasta tanto no me han dado la sorpresa.
En definitiva a qué y a quien me refiero.
Durante mi vida, que está siendo longeva, había soñado con vivir en un país en el que imperara la libertad (no crean que me engaña eso de la libertad, sé que no lo hemos sido nunca y posiblemente la raza humana no lo será nunca) con libre albedrío, con auténtica democracia (siento desazón al soñar con una presunta ágora).
Posiblemente toda mi generación soñó con la llegada de un gobierno libre, escogido entre todos, lejos de la tiranía, el abuso y la intolerancia.
Y a cambio de aquel merecido sueño ¿que nos ha concedido la vida?: un montón de inútiles personajes a los que votamos como auténticos imbéciles una vez y otra, mientras se ríen e insultan nuestra escasa inteligencia; escasa, irrisoria, diminuta y enana.
¿Y todavía estamos discutiendo si a este o al otro?.
Siento una profunda congoja, una insondable y oscura tortura al ser testimonio de una situación que esta consiguiendo hacer desaparecer (otra vez) un par de generaciones en aquello que decíamos al empezar: sobre todo en lo universal.
En mi años jóvenes –por lo menos- corrimos por la Diagonal delante de la caballería rusticana vestida de color gris; con mucho miedo, con desasosiego, con ansiedad… pero corrimos y tiramos chinas para parar aquellos caballos que se nos aparecían como monstruos resoplando en nuestros cogotes… Ya sé que no conseguimos nada histórico y tal vez nada que cambiara nada, pero corrimos porque creíamos que tocaba enfrentarse a una situación que aborrecíamos, que nos condenaba como generación.
¿Y ahora porqué no corremos?.
Y en cuanto a sus protagonistas, a aquellos que me han sorprendido dolorosamente, aquellos en los que había creído, en los que había confiado, convertidos en chorizos, malversadores, tramposos, ladrones y embaucadores, no me queda ni el recurso de aplicarles aquel ungüento árabe medicinal, elaborado con óxido de zinc que se adhería a las chimeneas, mezclado con otras sales minerales, que se utilizaba en la medicina árabe y que con el tiempo, fue considerado como una panacea, empleándose como una especie de medicina universal: la attutíyya o “tūtiyā“, pero cuando no existe remedio ni cura, es entonces cuando la tūtiyā, se convierte (ya desde la época de Cervantes) en la expresión tutía, equivalente a “remedio”.
Para determinadas dolencias, ya se decía entonces, “no hay tutía“, no hay remedio, no hay solución.
En realidad era esto lo que quería contar. Lo otro no tiene explicación.