UNA IDENTIDAD CON RAICES AMARGAS.

UNA IDENTIDAD CON RAICES AMARGAS.

Mi tristeza se convertía, por un puñado de motivos, en una profunda añoranza que de hecho no tenía nada que ver con la suerte que poseía de tener una familia fenomenal, un buen trabajo y un buen puñado de buenos amigos. Aquellas situaciones me provocaban recuerdos y pensamientos sobre mi propia identidad perdida. Y sobre todo por haberme visto obligado a forjar una nueva identidad, a golpe de recuerdos resguardados entre verdades, mentiras y sueños, de carencias, de unos añorados lazos familiares irrenunciables, de unas raíces irrecuperables, sin recibir más sensibilidad y acogida que la que recibe el inmigrante que llega, para llenar un agujero que haga grande la comunidad que lo acoge, con su trabajo, con su esfuerzo, con su integración. Una falsa y forzada identidad llena de experiencias forjadas, en la mayoría de los casos de sarcásticas compasiones, de ultrajantes aversiones, de algunas simpatías, pocas, y de muchas antipatías, muchas, de un mundo de penas y unas pocas alegrías, de una larga lista de insultantes alabanzas, lejos de tu casa, lejos de las conductas que día a día forjan las personas, las comunidades, los países, las naciones.
Hasta que esta nueva identidad se hace fuerte, evasiva, atrevida, fresca. Te conviertes en algo tan impúdico y desvergonzado que aseguras con insolencia y atrevimiento que tú también formas parte de los que llegaron antes, de los que encontraste asentados. Qué tú ya no eres como eras, que eres como ellos. Que no recuerdas tus verdaderas raíces. Mentiras acumuladas para obtener unas nuevas raíces a toda costa.
Solo estoy seguro de mi mujer a quien creo que me aceptaba tal como era; ella, una hija del país que me acogía, también renunciaba, luchando por los dos, pero cediendo en su caso a buena parte de sus raíces de origen.